Y si me duele...?

Recuerdo que cuando cuando comencé mi adolescencia sentía dolores en mis huesos, calambres musculares, estaba creciendo.

Cuando quedé embarazada también hubo momentos en que sentía incomodidades y hasta dolores leves, el feto estaba creciendo.

Cuando llegué a mi edad de oro, continué creciendo en mis valores, en mis metas y descubrí que dolía. Dejar la zona de confort, extenderme a lo desconocido, reconocer cuan importantes son para mis las relaciones, valores y el camino escogido podía originar cierto grado de dolor.

Esto es como el gimnasio, cuando hemos ejercitado bien el grupo muscular se hace sentir, con el tiempo nos adaptamos y deseamos sentirlo porque es parte de nuestro bienestar. Y hasta llegar a ese punto nos quejamos un poquito, bastante....mucho???

El desarrollo personal también se ejercita y en el nos vamos adaptando a las nuevas realidades a medida que las vamos alcanzando, transitando. A veces depende exclusivamente de mí, otras disfruto del apoyo y compañía de mentes afines.

Y sí...crecer como persona también genera incomodidad. Necesito decir que no a las compañías que ya no aportan ni suman a mi vida. Selecciono lo que leo, lo que veo, lo que escucho y aprendo a seleccionar lo que digo. Si mis palabras no son más valiosas que mi silencio no las pronuncio.

Este proceso no siempre llega con luces y frases inspiradoras; a veces llega como silencio incómodo, como distancia necesaria, como la soledad de quien ya no encaja en los lugares que antes llamaba hogar. Es una mudanza interna donde nada cabe igual que antes.

Yo no estoy reactiva sino proactiva. Para ello implemento disciplina, valor y determinación.

Se que bien vale el esfuerzo ya que voy siendo la persona que deseo, que sueño, a la que aspiro.

Miro atrás, reconozco el pasado, lo agradezco, lo respeto, lo integro. No es necesario resistirlo ya que está ofreciéndome fortalezas también junto con las sombras.

Aprendo a vivir con optimismo y gratitud preparada para aquellos momentos en que las realidades se trastocan y los planes quedan en el cesto de papeles.

La vida es como un electrocardiograma, sube y baja la linea vital y así debe ser. Mi crecimiento es así también. A veces estoy en la cima, otras desciendo o quedo en una meseta, pero por poco tiempo. Solo lo suficiente para volver a tomar fuerzas, aliento, impulso y continuar avanzando.

El desarrollo personal duele porque rompe la versión de ti que te mantenía a salvo. Crecer no es añadir capas bonitas, es arrancar las viejas, incluso aquellas que aprendiste a querer. Duele mirarte sin excusas, sin aplausos, sin la narrativa cómoda que te justificaba. Es como caminar descalzo sobre tus propias verdades: cada paso revela una herida que no sabías que seguía abierta. Y aun así, sigues avanzando, porque algo dentro de ti susurra que la incomodidad es el precio de la libertad.

Duele también despedirte de lo que fuiste. Hay identidades que abrazaste para sobrevivir, máscaras que te dieron pertenencia, certezas que te dieron estructura. Soltarlas se siente como traicionarte. 

Y, sin embargo, ese dolor tiene una ternura secreta. Es el dolor del músculo que despierta, del hueso que se estira, del alma que se expande más allá de su miedo. Crecer duele porque te exige responsabilidad, porque te obliga a elegirte cuando sería más fácil culpar al mundo. 

Con esa punzada constante nace algo limpio: una versión más honesta de ti, menos perfecta y más verdadera. Y descubres que el dolor no era castigo, sino parto. Estas naciendo a tu nueva vida.





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