Celebrar Desde el Alma
Hay algo que se mueve en el aire cuando llegan las fiestas. Una mezcla de nostalgia, alegría , expectativa, cansancio… y ese vacío silencioso que aparece cuando miramos una silla que ya no estará ocupada, un mensaje que no va a llegar, una voz que no escucharemos durante la cena.
Todos tenemos ausencias y cuando llegan las celebraciones, tienen su peso propio. No importa cuántos años hayan pasado, ni cuántas veces hayamos respirado profundo diciendo “este año será distinto”. Siempre hay un hilo invisible que nos conecta con quienes amamos, estén o no presentes.
Pero Celebrar desde el alma no es negar esas ausencias, no es disimularlas ni taparlas con el brillo de las guirnaldas y las luces multicolores. Celebrar desde el alma es darles un lugar, un significado, un gesto. Es reconocer que aquello que duele también puede transformarse en algo que nos acompañe y dé fuerzas.
Antes de las fiestas te invito a que te tengas un encuentro contigo, a solas.
Es una práctica simple, profunda y reparadora No para ser fuerte. No para “superar” nada..
Sino para sentir.
En la intimidad de tu casa, en tu caminata diaria, en un café donde puedas respirarte… darte permiso para mirar de frente lo que está ausente. Ese ser querido que ya no está en la vida física. Ese hijo que vive en otro país. Esa amiga que este año no podrá sentarse a tu mesa. Esa pareja que ya no comparte tu presente.
Hay algo profundamente humano y sanador en tomar unos instantes para decir:
“Te extraño. Te hecho en falta. Te llevo conmigo. Tienes un lugar en mi corazón.”
Llorar si llega el llanto. Agradecer si llega el agradecimiento. Guardar silencio si el silencio tiene algo para contarte.
Estos espacios previos evitan que el corazón explote en medio de la celebración, porque antes ya le diste su tiempo. Le diste su lugar.
Con mis consultantes hablo mucho del agradecimiento como puente.
Agradecer no borra la ausencia, pero la vuelve más amable. Permite que nos extendamos al recuerdo con una nota positiva.
Agradecer por lo vivido, por lo que la persona o el vínculo te dejó, por el aprendizaje que te dio la distancia.
Incluso si la relación fue compleja, siempre hay algo —aunque sea mínimo— que dejó una huella que te construyó.
Te comparto algunas ideas para que pueda ayudarte a resignificar estas ausencias.
-
encender una vela por quien ya no está;
-
cocinar ese plato que hacía tu abuela;
-
enviar un mensaje amoroso a quien vive lejos;
-
escribir una carta que no vas a entregar pero sí va a acomodar tu alma;
-
poner una foto cerca del árbol o de la mesa;
-
dejar un asiento simbólico y agradecer por la vida compartida;
-
poner una canción que hable de ellos.
Plantar una planta en honor a ellos.
Estos gestos no cambian la realidad, pero cambian la forma en que la abrazamos.
Son un modo de decir: “Estás presente, aunque no estés corporalmente.”
Las ausencias por distancia tienen su propio sabor.
Un hijo viviendo lejos, un hermano que no puede viajar, un amigo con compromisos, un amor que el trabajo retiene… Son presencias vivas, pero interrumpidas por la geografía.
También esas ausencias merecen un gesto.
Celebrar desde el alma es recordar que estar lejos no es desaparecer.
Una videollamada, una oración, un mensaje grabado, una foto en la mesa, un brindis nombrándolos…
Todas son formas de estrechar distancias sin forzar nada.
A veces la ausencia no es por muerte ni distancia. Es porque la relación cambió. Porque ya no compartimos la misma historia.
Y en esas ausencias silenciosas también hay amor que necesita ordenarse.
Podés honrar lo que fue sin volver a lo que ya no es.
Podés agradecer sin abrir viejas heridas.
Podés soltar con paz y recordar con cariño.
Recordá siempre:
las fiestas no obligan a nadie a repetir vínculos que ya no tienen lugar.
Pero sí invitan a resignificar lo vivido para que no quede atrapado en tus recuerdos como un peso.
Cuando te das el espacio previo para llorar, agradecer y recordar, algo se acomoda adentro.
La celebración no se vuelve perfecta, se vuelve más auténtica.
Ya no estás sostenida/o por la obligación social de “estar bien”.
Estás sostenida/o por tu propio proceso interno, que te permite llegar más liviana/o a la mesa.
Celebrar desde el alma no niega lo que falta, pero ilumina lo que sigue presente:
tu vida, tu camino, tus vínculos actuales, tu capacidad de amar.
Permitirte sentir antes, para poder celebrar después.
Honrar lo que dolió, para no cargarlo en silencio.
Crear un gesto simbólico, para transformar la ausencia en presencia amorosa.
Agradecer lo vivido, para dejar que la vida siga fluyendo.
Porque las ausencias no se superan, no se olvidan: se integran.
Y cuando las integrás, la celebración deja de ser una obligación y se vuelve un acto íntimo, profundo y real.
Y sobre todo recordá en estas fiestas, que el cielo tambien tuvo su ausencia. Fue cuando el Hijo de Dios, el unigénito, descendió en forma humana, para mostrarnos como el cielo puede habitar en nuestros corazones, darnos salvación y vida eterna.
Percibimos el vislumbre de lo que nos aguarda.
Y ahora quiero hablarte de un significado mas profundo aún.
Aunque físicamente te sientas solo/a, ya no los estás, ese pequeño bebé también quiere habitar en tu corazón y caminar contigo cada día de tu vida, consolándote, amándote, guiándote y enseñándote la verdad.
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Juan 1:12
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Juan 3:16
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Juan 3:17
Ahora sí, puedo desearte desde el fondo de mi corazón: Felices Fiestas! porque cualquiera sea la circunstancia puedes darle un valor duradero, esperanzador.
Comentarios
Publicar un comentario