¿Qué necesito para soltar?

 Esta semana tuvo un sabor distinto. Un par de acontecimientos me llevaron a reflexionar sobre lo efímera que es la vida, sobre cómo todo cambia de un momento a otro, sin previo aviso. Lo que ayer estaba y dábamos por hecho, hoy ya no es. Y aun así, reconozco que muchas veces me quedo solo mirando, sin meterme de lleno en lo que sucede, sin disfrutarlo con toda la intensidad que merece.

El versículo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” (Mateo 18:3) resonó en mí de un modo nuevo. Un niño no se preocupa por el mañana, vive el hoy, juega, se entrega a la sorpresa. Todo lo que descubre lo llena de asombro, de ingenuidad y de fe. Y me pregunto: ¿cuánto de esa frescura conservo? ¿Cuánto quiero volver a traer a mi vida?

Las despedidas me recuerdan que nuestra verdadera eternidad todavía nos espera. Que aún no he llegado a ella y, mientras tanto, necesito valorar más cada instante. Agradezco el consuelo de aquel versículo que promete: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos; y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor.” (Apocalipsis 21:4). Qué alivio saber que un día no habrá más desconsuelo.

Pero aquí y ahora, despedirse duele. Separarse de los amores, de los lugares entrañables, de las rutinas queridas, trae lágrimas y un vacío inevitable. Hasta que recuerdo: “No temas, porque yo estoy contigo… yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré.” (Isaías 41:10). Entonces el corazón encuentra su sostén.

Medité mucho en lo que significa soltar. Descubrí que, aunque viene acompañado de tristeza, también se puede vivir con aceptación profunda. Porque llegará un día en que no habrá más adioses, y cada pérdida tendrá sentido. Ese día entenderé que fueron oportunidades de crecer, de aprender, de avanzar hacia la plenitud. “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios.” (Efesios 4:13).

Aceptar la distancia —ya sea por países, ciudades o continentes— tiene un sabor agridulce. El corazón no entiende de kilómetros. Y sin embargo, pude agradecer lo compartido, lo vivido, sabiendo que fue apenas una muestra de lo que vendrá. “Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida.” (Apocalipsis 7:17).

Al despedirme, comprendo que también abro la puerta a lo nuevo. Y aunque el cuerpo se desgaste, sé que “el hombre interior se renueva día a día.” (2 Corintios 4:16).

¿Qué necesito entonces para tener la valentía de soltar?
Solo recordar que la vida es como neblina que aparece por un instante y luego se desvanece (Santiago 4:14). Vivir con la certeza de que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.” (Romanos 8:28).

Y confiar en la promesa de que “nuestro Señor Jesucristo y Dios nuestro Padre, que nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, confortará nuestros corazones y nos afirmará en toda buena palabra y obra.” (2 Tesalonicenses 2:16–17).

Esta fue mi reflexión de la semana, la fórmula bíblica a la que me aferré. Y mi deseo es que también pueda sostenerte a vos, si estás aprendiendo a soltar.




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