Descubrirme como gemela solitaria


A veces, una sola revelación puede ordenar piezas dispersas de toda una vida.
Uno de los mayores descubrimientos en mi camino de autoconocimiento fue saber que soy una gemela solitaria. Lo supe hace apenas dos años, y desde entonces todo cobró un nuevo sentido.

Desde niña sentí que no encajaba del todo en mi familia. Como si estuviera allí, pero en otro plano. Escuché muchas veces a mi madre decir que esperaba un varón… y llegué yo. A los doce años, un diagnóstico médico me dejó una huella que recién comprendí décadas después: un quiste dermoideo sacro coccígeo, resultado probable de una gestación gemelar en la que solo uno de los bebés —yo— continuó desarrollándose.

Esa información que llegó tan tarde fue profundamente liberadora. Entendí por qué mis intereses eran tan diversos, por qué me costaba elegir una sola cosa o por qué compraba todo “de a dos”. Por qué a veces me invadía la sensación de soledad sin motivo o esa inquietud constante de estar en el lugar equivocado.

Cuando escuché hablar del gemelo solitario —esa otra alma que se gesta junto a uno mismo y parte antes de nacer— sentí que, finalmente, la vida me contaba una historia que siempre había estado escrita en mi cuerpo y en mis emociones.

Desde entonces, le hice un lugar en mi corazón. Le agradezco su compañía breve pero significativa. Le hablo. Esa necesidad de vivir por dos se fue calmando. La exigencia de poder con todo empezó a transformarse en aceptación.
Comprendí la frustración de mi madre sin tener que justificarla, y pude estar en paz conmigo misma, sin culpa por lo que elijo vivir o hacer.

Este proceso de sanación interior me hizo más empática. Hoy, como terapeuta, conecto desde otro nivel con quienes acompaño, porque sé lo que significa sentir una ausencia invisible, una presencia silenciosa que habita en lo más profundo del alma.

Entender lo que implicó haber estado tan cerca de otra vida y perderla me liberó de la melancolía. Y también me trajo una certeza luminosa: esa alma me amó tanto que se ofreció a acompañarme un breve tramo del camino, hasta que yo tuviera las fuerzas para llegar sola.

GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.
A veces el amor más grande no se mide en tiempo, sino en propósito.



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