Es mas bienaventurado...
He meditado
sobre este versículo.
Más
bienaventurado es dar que recibir. Mateo 20:35
Hace años
descubrí que el dar es bienaventurado ya que lo hacemos desde nuestra
abundancia y generosidad, es una decisión. Ell recibir, en cambio, puede estar
ligado a una imperiosa necesidad. No recibimos desde el altruismo que nos
habita sino desde el vacío que generamos al pedir confiando que la respuesta
nos llegará en tiempo y forma.
Esto no
solo es válido en lo material sino también con nuestros dones espirituales y
los talentos que desarrollamos.
Recientemente
experimenté lo que sucede cuando
comparto lo que sé. Y no me refiero a pararme frente a un grupo o cuando doy
clase. Hablo de esa transmisión que nace casi sin darme cuenta: cuando cuento
algo que me cambió, cuando revelo un descubrimiento que me alivió, cuando
nombro con claridad algo que antes dolía en silencio. Ahí hay abundancia, de la
buena, de esa que no se agota y se puede seguir compartiendo.
Porque
enseñar no es pararse en un lugar de “yo sé y vos no”. Es como abrir una
ventana donde antes solo había una inmensa pared. Con esa apertura pasan dos
cosas al mismo tiempo: el otro recibe algo que le resuena, le ordena, le da
aire… y nosotros, los que hablamos, sentimos que ese conocimiento se acomoda
adentro con más fuerza, más raíz, más carne.
Tal vez por
eso, cada vez que explicamos algo que forma parte de nuestra historia, se
ilumina una parte de nosotros. Hay una especie de confirmación interna: “esto
que viví, esto que aprendí, no fue en vano”. Y ahí el sentido florece.
Nunca creí
que dar es perder. Cuando lo que se comparte viene de la experiencia vivida,
pasa que se multiplica. Compartir una comprensión, una mirada, una herramienta,
no nos deja más vacíos. Por el contrario nos deja más presentes. Como si al
poner en palabras lo sabido, lo recordáramos con más hondura.
A veces,
algo que atravesamos hace años vuelve a cobrar brillo cuando lo contamos en voz
alta. El relato se desempolva y se vuelve útil, fresco, vigente. Y en esa
actualización aparece otra capa de entendimiento que quizás no estaba
disponible cuando lo vivimos por primera vez, porque ahora hemos madurado y en
nuestro crecimiento está la habilidad de descubrir posibilidades donde antes
hubo equivocación.
Enseñar,
entonces, no es sólo transmitir. Es volver a pasar por el cuerpo lo aprendido,
pero con más conciencia. Es permitir que el recuerdo se convierta en sabiduría
encarnada. Y eso también nos ordena, nos sostiene, nos afirma.
La escucha
del otro es como un espejo. Quien recibe
lo que damos, nos devuelve algo sin proponérselo. A veces es una mirada que se
humedece. A veces es un silencio que se abre. A veces una risa que afloja. O
una pregunta que no esperábamos. Ese pequeño gesto confirma que lo que aportamos
importa, que tiene peso, historia, sentido.
Y entonces
se produce otro milagro: lo que parecía personal se vuelve colectivo. Esa
pequeña luz comienza a iluminar a otros. Hay una intimidad naciendo, una
confianza silenciosa, un código invisible entre quien cuenta y quien escucha.
Como si en ese acto simple —enseñar, explicar, nombrar— se tejiera una red que
sostiene a los dos.
Para que
haya abundancia no es preciso tener mucho sino circular lo que tenemos.
Cuando algo
se queda guardado demasiado tiempo, se estanca. Con las ideas y las
comprensiones pasa lo mismo que con el agua. Si no circulan, se ponen turbias.
En cambio, cuando lo que sabemos se mueve, se ofrece, se conversa, se vuelve
más limpio, más claro. Enseñar es hacer circular la vida que disfrutamos, la experiencia
que nos marcó, escuchar esa voz apacible que nos salvó más de una vez.
No hace
falta que sea perfecto ni definitivo. A veces enseñar es decir “esto entendí
hasta ahora” y habilitar que el otro lo transforme, lo cuestione, lo amplifique.
Hay abundancia cuando expresar lo sabido no nos da miedo, porque conocemos a
Quien guía nuestros pasos.
El saber se
afirma cuando se comparte.
Hay temas
que creemos resueltos… hasta que alguien nos pregunta algo sobre eso. Y ahí, al
explicarlo, nos damos cuenta de cuánto lo entendimos en serio o cuánto lo
repetimos de memoria.
Es común
que después de una charla, una sesión o una conversación profunda, uno se quede
pensando: “¡Ah, mirá lo que dije!”. Y no es ego. Es sorpresa. Es la
constatación de que adentro hay más de lo que creíamos, y que ese “más” se
revela cuando encuentra a otro como destino.
Hay un tipo
de gratitud que sin decirla se siente. Es esa sensación tibia que queda cuando
alguien nos escribe horas o días después y nos dice: “¿Te acordás eso que dijiste?
Me quedó dando vueltas…”. O cuando vemos a alguien aplicar algo que le
compartimos y hacerlo propio, transformarlo.
Ahí
entendemos que la enseñanza no es sólo un acto del momento. Tiene ecos. Sigue
viva después. Genera ramificaciones que ni imaginamos. Y esos ecos también
vuelven a nosotros como confirmaciones de que estamos en el camino correcto,
aunque no miremos el mapa.
Lo
aprendido cobra valor cuando se usa. Y enseñar es justamente poner en uso eso
que la vida nos entregó a los tumbos o con ternura, poco importa cómo porque
tenemos la certeza que Dios nos da lo que podemos sobrellevar.
Ahí está la
abundancia: en el ida y vuelta invisible que se crea cuando lo que aprendimos
se convierte en puente. En ese doble milagro de ofrecer nuestra experiencia y,
al mismo tiempo, recibir la reacción de nuestro oyente.
El hombre
se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena
es! (Proverbios 15 v.
23)
Comentarios
Publicar un comentario