Entre valor y precio, ¿Cuál es la diferencia?
Hace poco escuché a alguien decir: “Lo barato sale caro”. Y
pensé que quizás esa frase encierra más sabiduría de la que aparenta. No hablo
solo de dinero. Hablo de todo lo que elegimos cada día mirando únicamente el
precio, sin detenernos a percibir su valor.
Vivimos en un tiempo donde se confunde el costo con la
importancia, desde las redes sociales a las compras parecen medirse con
etiquetas, métricas o descuentos. Pero ¿cuánto vale, en verdad, aquello que no
tiene precio?
¿Qué lugar ocupa en
nuestra vida lo que es gratis: un abrazo, una mirada sincera, una conversación
profunda, una tarde de silencio compartido?
El precio es lo que se paga pero el valor es lo que se
siente, lo que importa.
Necesitamos observar esa diferencia enorme que hay entre
ambos.
Si miramos solo el precio, entramos en la lógica del
intercambio: “doy esto para recibir aquello”, preguntándonos si lo que pagamos
es proporcional a lo que estamos recibiendo. Cuando miramos el valor, entramos
en sintonía con el sentido: “esto me enriquece, me transforma, me conecta”.
Mario Alonso Puig suele decir que “el valor está en lo que
nos ayuda a crecer”. Y no puedo estar más de acuerdo. Lo que nos hace ser personas
más conscientes, más presentes, no tiene etiqueta ni descuento posible.
A veces nos cuesta valorar lo que no tiene precio porque no
nos enseñaron a hacerlo. Nos acostumbramos a pagar por lo tangible y a
desestimar lo invisible: el tiempo que alguien nos dedica, la intención detrás
de un gesto, la energía que ponemos en cuidar un vínculo. Necesitamos aprender
a valor lo que es invisible a los ojos, como decía El Principito.
Sin embargo, lo más valioso de nuestra vida suele ser eso
que no se compra ni se vende.
Pienso en las charlas que surgen sin planearlas, en los
silencios que acompañan sin invadir cuando una persona querida nos necesita o
nos acompaña, en la cercanía que se mantiene sin condiciones.
Todo eso es gratuito, pero no por eso “sin valor”.
Es impagable.
Cuando aprendemos a mirar desde el valor y no desde el
precio, empezamos a honrar la abundancia en su verdadera forma. Descubrimos que
hay riquezas que no se acumulan en una cuenta, sino en el alma: la confianza,
la amistad, la salud emocional, la paz interior.
Quizás por eso muchas veces no valoramos lo gratuito: porque
creemos que lo valioso debe doler, costar o requerir sacrificio. Y no siempre
es así.
El valor no está en el esfuerzo, sino en la conciencia con
la que vivimos las cosas.
Para valorar no hace falta agregar ceros, hace falta poner
presencia. reconociendo que detrás de cada encuentro, cada palabra y cada
instante, hay una energía que nos sostiene.
Y en un mundo que corre detrás de los precios, elegir
detenerse a valorar puede ser un acto profundamente revolucionario.
Porque quien aprende a valorar lo que tiene, deja de vivir
con miedo a perder.
Y empieza, simplemente, a agradecer desde la abundancia de
lo que ya posee.
Hoy te invito a comenzar a mirar con otros ojos.
Preguntate: ¿Qué estoy valorando realmente? ¿Y qué cosas
gratuitas —pero esenciales— estoy pasando por alto?
Y lo mejor me lo guardé para el final. Esta hermosa cita:
“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos
encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.”
— Viktor Frankl
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