Hay días en los que el cuerpo suena antes que el
despertador.
No suena con música, sino con señales: una contractura que
se instala sin permiso, un suspiro que pesa más de lo normal, una mente que no
se apaga ni aunque apagues la luz.
Y ahí estamos: intentando levantarnos temprano, tener
nuestro tiempo devocional, ir al gimnasio, dejar a los niños en la escuela,
preparar algo sano, atender mil mensajes, ayudar a los suegros con la mudanza,
cuidar el perro del vecino que se fue de vacaciones, cumplir con la jornada
laboral, si queda tiempo, también vivir… Y si, a veces ha sido así.
¿Qué nos pasa que decimos “sí” tanto?
¿Por qué creemos que podemos con todo?
¿En qué momento olvidamos que somos humanos, no somos super
héroes?
El "no" no es rechazo. El "no" no es
egoísmo.
El "no" es una oración completa. Y muchas veces,
una oración sagrada.
Decir que no también es un acto de amor. Amor a tu descanso,
a tu tiempo, a tu salud, a tus verdaderas prioridades.
Es un gesto invisible y poderoso que susurra: “Ya no más sobrecarga.
Ya no más correr sin sentido. Ya no más traicionarme para complacer a todos”.
Hay quienes no comprenden el valor de establecer límites
sanos hasta que colapsan.
Y colapsar no siempre es desmayarse en una oficina. A veces,
es perder la alegría. O vivir por inercia.
O decir “sí” con la boca cuando el cuerpo y el alma gritan
“¡no!”.
La vida necesita orden.
Y el orden no empieza afuera, empieza adentro.
Cuando la agenda está llena de compromisos que no nacen del
deseo sino de la obligación, el alma se agota. Necesitamos esos momentos y esos
espacios para relajarnos, contactar con la naturaleza, con nuestro creador, y
con los demás.
Cuando el “sí” es automático, el cuerpo se convierte en una
máquina sin pausa, y la mente en un campo de batalla.
Por eso es tan importante aprender a elegir desde un lugar
más claro, orar primero y responder después.
Y eso solo ocurre cuando hacemos silencio, hacemos una pausa
interior y recibimos la guía divina.
Cuando respiramos.
Cuando descansamos.
La paz, esa que tanto anhelamos, no llega acumulando
actividades, sino soltando lo innecesario. Recordando que decirle sí a algo
implica decir que no a otra cosa. Si acepto cuidar al perro, significa que
tendré que sacarlo a pasear y no podré estar en mi casa ni bien regrese del
trabajo, por ejemplo.
Por eso, el “no” a tiempo es medicina para el cuerpo. Y
también es fe. Fe en que no todo depende
de mí. Fe en que si hoy me detengo, el mundo no se va a caer. Fe en que cuidar
de mí es un acto de responsabilidad, no de egoísmo. Fe en que Dios está al
control aun cuando yo decido soltar el querer hacerlo todo.
Sustenta mis pasos en tus caminos, Para que mis pies no
resbalen. Salmo 17:5
¿No es acaso una invitación a confiar? A soltar el hacer
desmedido y abrazar el descanso como parte de la vida. A dejar de ganarnos el
cariño con tareas y empezar a construir vínculos más verdaderos, más serenos,
más humanos.
Así que si hoy tu cuerpo te pidió pausa…Si tu alma te pide
silencio…Si algo dentro tuyo susurra: “ya no más”…
Escuchalo. Porque en ese “no” que te cuesta decir, puede
estar escondida la paz que tanto necesitas.
Y ahí, justo ahí, ocurre la magia.
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