En la paz como en la incertidumbre

 

Estamos transitando una de esas etapas en las que nada parece estable. Cambia la economía, cambian las reglas, las aplicaciones se actualizan constamente, cambia el humor social.

Y sin embargo, hay algo que permanece, que puede ser refugio, impulso y sostén para mí como para vos: los vínculos.

En la vorágine de la crisis, es fácil entrar en modo supervivencia. Ponemos el piloto automático, nos apegamos a la agenda y todo en apariencia queda resuelto, en mi interior puedo sentir que no es así.

Incluso en esos momentos de intenso caos, hay miradas, palabras y gestos que nos recuerdan que no estamos solos.

¿Quién te pregunta cómo estás, de verdad?

¿Con quién podés hablar sin caretas?

¿A quién podés decirle “no puedo más” sin sentir vergüenza?

Eso no tiene precio.

Las redes humanas que construimos —familia, amigos, colegas, comunidad— son el suelo fértil que nos permite seguir andando incluso cuando todo tiembla bajo nuestros pies.

A veces creemos que tenemos que poder con todo,  como si pedir ayuda fuera mostrar debilidad.

Pero pedir ayuda es un acto de valentía emocional. Y ofrecerla, también.

En coaching hablamos del liderazgo colaborativo: no se trata de tener todas las respuestas, sino de tejer espacios donde las respuestas se construyan entre todos.

Porque en la incertidumbre, la respuesta nunca está en el control, sino en las relaciones.

Te invito a mirar a tu alrededor.

Preguntate;  ¿hay alguien esperando mi mensaje?.

O ¿Qué mensaje aún no leí por estar ocupado sobreviviendo?

Una red no es solo un grupo de personas. Es una disposición interna: la de saberse parte.

De ser parte de algo más grande. Parte de un tejido que, aunque no se vea, me sostiene, te sostiene, nos sostiene.

En tiempos inciertos, lo más revolucionario es confiar.

Confiar en que acompañar y dejarse acompañar no solo es necesario sino que es profundamente humano.






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