¿Y si preparamos unos mates?
No hace falta que te lo diga. Vivimos tiempos complejos.
Hacer las compras es una aventura, pagar las cuentas un acto de fe. Y en medio
de ese caos, muchas veces lo primero que se desordena es la calma en casa. Se
tensa el cuerpo, se tensa la voz, se tensa el alma.
Y sin embargo, me encuentro preguntándome qué podemos hacer,
más allá de los números. Porque sí, la economía pesa, claro que pesa. Pero
también pesa el humor con el que nos levantamos, la mirada con la que nos
hablamos, el modo en que transitamos todo esto. En momentos así, más que nunca,
necesitamos volver a lo esencial.
Y lo esencial no siempre cuesta dinero. A veces es compartir
un mate sin apuro, cocinar juntos una receta simple, jugar con lo que hay. Lo
esencial es tener a alguien con quien hablar cuando la angustia aprieta. Es
saber que estamos en esto lado a lado, que no estamos solos. Porque la crisis puede
sacudirnos por fuera, pero lo que más necesitamos cuidar es el adentro.
He visto familias fortalecerse en medio del torbellino.
Personas que aprendieron a hacer con menos, pero a vivir con más conciencia. A
valorar los afectos, a reinventarse, a apoyarse mutuamente. Hay algo muy
poderoso cuando decidimos no rendirnos al miedo. Cuando elegimos construir
pequeñas islas de bienestar en el medio de la tormenta.
Me encanta pensar en la creatividad como una forma de
resistencia. Hacer intercambios, trueques, compartir saberes, pedir ayuda sin
vergüenza. Recuperar la comunidad. Dejar de lado el “sálvese quien pueda” y
volver a preguntarnos: “¿cómo te acompaño?”. Porque cuando nos conectamos desde
el cuidado, algo cambia. Todo cambia.
También es una oportunidad para enseñar en casa. No solo a
estirar el dinero, sino a gestionar la frustración, a poner en palabras lo que
sentimos, a encontrar belleza en lo simple. Nuestros hijos no necesitan vernos
perfectas. Necesitan vernos humanos, fuertes desde lo real, no desde lo
inquebrantable.
Y sí, es un gran desafío. Hay días que no sabemos cómo seguir. Pero
estamos aprendiendo. Y eso ya es mucho. Si cada día elegimos un pequeño gesto
de bienestar, una intención de calma, un momento de ternura, ya estamos
sembrando futuro. Aunque no se vea enseguida, la buena semilla dará su fruto.
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