Me olvidé...y...¿ahora que?
Hay mañanas en que salimos apurados y dejamos las llaves en
la puerta. Otras, olvidamos un cumpleaños, una reunión o dónde estacionamos el
auto. A veces, el olvido aparece como ese silencio incómodo cuando no
recordamos el nombre de alguien conocido. Lo llamamos “colgado”, “distracción”,
“estar en otra” o “tener mil cosas en la cabeza”. Los olvidos cotidianos suelen
causar enojo, vergüenza, culpa o ansiedad, y rara vez nos detenemos a
preguntarnos con curiosidad por qué suceden.
En una sociedad que exalta la productividad, la presencia
constante, el multitasking y la memoria como prueba de eficiencia, olvidar algo
es visto como un error. Sin embargo, el olvido también puede ser un mensaje. A
menudo, es una señal de que algo dentro de nosotros está pidiendo pausa,
atención o cuidado. La mente no se desconecta por capricho, sino que reacciona
a la saturación, al estrés o incluso a lo que emocionalmente evitamos mirar.
Olvidar, en muchas ocasiones, es una forma de protección. El
cerebro humano filtra información todo el tiempo: no recuerda cada
conversación, cada paso dado ni cada emoción vivida. Esta “amnesia selectiva”
es lo que nos permite vivir sin abrumarnos. La neurociencia ha confirmado que
la memoria no es una grabadora perfecta, sino un proceso dinámico, maleable,
influido por las emociones, el contexto, las prioridades y hasta por nuestras
creencias.
El neurólogo argentino Facundo Manes lo explica de manera
clara:
“La memoria no es el registro de lo que pasó, sino de lo que
interpretamos que pasó. Está siempre modificándose, no es una biblioteca, es
una construcción viva.”
Esta frase abre una nueva puerta para mirar los olvidos
desde otro lugar: como parte de una danza constante entre atención, emoción y
significado.
Desde la mirada del coaching y de disciplinas como la PNL,
los olvidos no se abordan como fallas, sino como puntos ciegos que revelan algo
más profundo. Si olvidamos llamar a alguien o asistir a un evento, ¿realmente
queríamos hacerlo? ¿Estábamos disponibles emocionalmente para estar ahí? Si
olvidamos una tarea o un objeto, ¿dónde estaba nuestra atención en ese momento?
¿Qué parte de nosotros estaba “en otro lado”? A veces, el olvido es la forma en
que el cuerpo o la mente dice: “Eso no era lo importante ahora”.
También es cierto que muchas veces los olvidos son resultado
de una vida vivida hacia afuera. En el correr de los días, hacemos sin estar
presentes, contestamos sin escuchar, estamos sin habitar el momento. El olvido,
en ese contexto, puede ser una señal de despersonalización o disociación leve:
estamos tan divididos entre el hacer, el deber y el tener que, que perdemos de
vista el “estar siendo”. Y cuando no estamos siendo, nada se graba en nosotros
con verdadera presencia. Por eso se nos escapan los detalles, los objetos, las
palabras, los nombres… y hasta las emociones.
En términos energéticos, olvidar también puede tener
sentido. Hay vínculos, tareas, rutinas o lugares que nuestra energía ya no
elige. Los olvidamos porque ya no resuenan con quienes estamos siendo ahora. Es
como si algo dentro dijera: “ya no necesito esto”. Claro que la conciencia
racional no siempre acompaña este movimiento, y por eso nos confundimos, nos
juzgamos o nos exigimos recuperar la memoria, sin ver que quizás se trata de
soltar.
El olvido también cumple una función liberadora. A veces,
olvidar nos permite no quedar anclados en el pasado. Nos da espacio para volver
a empezar, para resignificar, para no repetir. Por supuesto, esto no niega la
importancia de tener memoria histórica o personal. Pero sí plantea que no todo
debe ser recordado con nitidez todo el tiempo. Dejar ir parte de lo vivido es,
también, una forma de salud.
Aceptar los olvidos del día a día como parte de nuestra
humanidad es un acto de humildad. Nos recuerda que somos seres sensibles,
cambiantes, limitados y profundamente afectados por el entorno. No somos
máquinas. No estamos para funcionar perfectamente, sino para vivir con sentido.
A veces, recordar menos nos ayuda a estar más presentes. Cuando estamos más presentes, lo
verdaderamente significativo se graba con fuerza.
La práctica de observar nuestros olvidos sin juicio, con
amabilidad y con escucha interna, puede abrir un camino valioso de
autoconocimiento. En lugar de preguntarnos “¿qué me pasa que no me acuerdo?”,
podríamos decir “¿para qué me estaré olvidando de esto?”. Y más aún: “¿qué
quiere mostrarme este olvido que todavía no he visto?”.
En definitiva, olvidar no siempre es perder. A veces es
soltar, redefinir, elegir. Tal vez no recordamos lo que se nos pide desde
afuera, porque estamos en el proceso de escuchar lo que se nos pide desde
adentro. Y en ese camino, los olvidos no son errores: son parte de la
coreografía misteriosa con la que la vida nos guía, incluso cuando no
entendemos.
Todo es perfecto así como fue. Incluso el olvido.
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