Con hambre no se decide

 

¿Te pasó alguna vez que tenías que tomar una decisión importante y sentías que no podías pensar con claridad? Tal vez no era el momento, o estabas cansado… o simplemente tenías hambre. Sí, hambre. Y no es solo una excusa: el apetito tiene un impacto directo en tu capacidad de pensar, evaluar opciones y decidir con calma.

Cuando estamos en ayunas o con un nivel bajo de glucosa, nuestro cerebro entra en una especie de “modo ahorro”. Se activan zonas más primitivas del sistema límbico, esas que están diseñadas para sobrevivir, no para reflexionar. El resultado: decisiones impulsivas, pensamientos en blanco, reacciones exageradas o directamente... parálisis.

Mario Alonso Puig dice: “No vemos la realidad tal como es, sino tal como somos, y somos lo que sentimos, lo que comemos, lo que pensamos y lo que descansamos.” Esa frase me sacudió cuando la escuché por primera vez. Porque es real: lo que comemos (o no comemos) nos transforma. El hambre no es solo física, también es emocional.

Algo que recomiendo a mis clientes a la hora de hacer las compras en el supermercado: Asegurate de no ir con hambre, así evitas comprar de más, comprar comida chatarra y disfrutás más en vez de enojarte por la espera en caja.

Una tenista adolescente que coacheo me decía: “Cuando tengo hambre, me enojo más fácil y me desconcentro”. Comencé a investigar sobre el tema. El patrón resultó muy claro. Al comprenderlo, pudo cambiar sus hábitos de alimentación y mejoró su rendimiento.

No es magia. Es biología con consciencia.

La próxima vez que tengas que decidir algo importante, preguntate: ¿Estoy con hambre? ¿Cómo está mi cuerpo? No minimices el poder de una colación saludable, de una pausa consciente. Tu yo más sabio y creativo aparece cuando tu cuerpo se siente seguro y nutrido. Y ese yo es el que tomará las mejores decisiones.




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