伊貝伊 (Ikigai).

 

 


 

Era un día común, con el ajetreo habitual de la ciudad, pero algo en mí necesitaba un respiro. Recordé un concepto japonés que había leído hace tiempo: Ikigai, esa razón de ser, el motor que nos da ganas de levantarnos cada mañana. Pero lo que más me intrigó fue descubrir cómo las personas en las "zonas azules" del mundo, como los habitantes de Okinawa, vivían más y mejor gracias a pequeños hábitos diarios.

 

Me detuve en la idea de su relación con la naturaleza. Ellos cultivan sus propios alimentos, cuidan sus huertas y se mueven constantemente. No es que vayan al gimnasio o sigan rutinas extremas; simplemente incorporan la actividad física en su vida cotidiana. Caminan, trabajan la tierra, riegan sus plantas. Pensé: "¿Por qué no traer un poco de esa esencia a mi hogar?".

 

Decidí crear mi propia "zona azul" en el espacio que tenía disponible: mi balcón. No necesitaba mucho, solo unas macetas con hierbas aromáticas, algunas flores que me dieran alegría y una pequeña mesa para disfrutar del aire libre. No tenía que vivir en Okinawa para conectar con la naturaleza; podía hacerlo desde mi propia casa.

 

Otro de sus secretos era la alimentación consciente. Me impactó el "Hara Hachi Bu", una regla simple que sigue la gente de Okinawa: comer hasta estar un 80% lleno. Me propuse intentarlo, dejando de lado esa costumbre de terminar el plato por inercia. Con el tiempo, noté cómo mi digestión mejoraba y me sentía más liviana.

Tambien recordé esta escritura que respalda el concepto: 1 Corintios 10:31

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.”

Es un recordatorio de  la importancia de la moderación en la alimentación y el vivir de manera consciente, en armonía con la práctica del "Hara Hachi Bu".

 

Pero no todo pasaba por la comida. También se movían más, de manera natural. Incorporé algo simple: dejar el auto unas cuadras más lejos o bajarme una parada antes del colectivo. No era un cambio drástico, pero en pocos días mi cuerpo lo agradeció.

 

Con el tiempo, mi pequeño rincón verde se convirtió en mi refugio. Aunque fuera de noche, salía a regar mis plantas, a oler la lavanda antes de dormir, a sentir la textura de las hojas entre los dedos. Era un mimo, un ritual que me anclaba al presente y me daba paz.

 

Finalmente, entendí otro de los pilares fundamentales de estas zonas azules: las conexiones humanas. La longevidad no solo se trataba de lo que comía o de cuánto me movía, sino de los lazos que cultivaba. En Okinawa, tienen sus "moai", grupos de apoyo de amigos de toda la vida, donde se dan ayuda mutua y compañía. ¿Cuántas veces pasamos días enteros sin conectar de verdad con alguien?

Como  bien lo expresa el Antiguo Libro: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” Hebreos 10:24-25

Esto se alinea con la idea de los "moai" y la importancia de tener un círculo de apoyo para vivir una vida plena y saludable y podemos practicarlo hoy en día.

 

Tal vez no podamos cambiar el mundo de un día para el otro, pero podemos construir nuestra propia zona azul en casa: un espacio de calma, de buenos hábitos, de relaciones genuinas. Porque al final, Ikigai no es solo una filosofía, es una forma de vivir con sentido.




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